Sensaciones muy placenteras

Posted By: MARC VILLANUEVA In: Relatos On: lunes, mayo 18, 2020 Comment: 0 Hit: 119

Me gusta mucho mirar, pero también me gusta mucho sentir.

Me gusta mucho mirar, pero también me gusta mucho sentir.

No es lo mismo ver a una persona desnudarse frente a ti que encontrarte en una obscuridad absoluta mientras sientes que alguien, sobre ti, se quita la camisa, se levanta y se desabrocha el pantalón, toma tus manos entre las suyas —grandes, ásperas y rudas— llevándote a tocar su centro, que acaricia tus mejillas con su suave piel y luego se introduce en tu boca, erecto, dispuesto a ser consumido.

No es lo mismo disfrutar de ese bocadillo cuando puedes verlo a cuando puedes sentir las venas ardientes y la piel caliente dentro de tu boca y entre tus manos… hay algo en la vista que es muy placentero, pero en ocasiones, para ver, es mejor no participar, solo observar. En cambio, para sentir, me gusta mucho más ser la protagonista. Os contaré mis impresiones de mi último encuentro, antes de que esta pesadilla comenzara. Un encuentro que al día de hoy aun siento en la yema de mis dedos, en la punta de mis labios y en el interior de mi coño.

Aquel hombre —no solo de manos rudas y masculinas, puesto que su cuerpo era también bastante fuerte y áspero— conocía mi gusto por el tacto, así que esa vez que nos vimos, ya con el estado de alarma encima, sabíamos que sería la última en mucho tiempo, por lo tanto debíamos disfrutarlo lo suficiente como para que nos durara el tiempo que se llevara la cuarentena.

Con el cuarto en penumbras, nos olfateamos como un par de animales. Él se acerca a mi cuello, mi pecho y mis manos que tienen un aroma dulzón a perfume y yo me acerco a sus brazos y su cuello, que tienen un olor almizclado. Nos besamos y nuestras pieles se tocan. La punta de mis labios se hincha al rozarse con la suya, estimulándolos, casi como yo misma me estimulo a veces. Con ambas manos me acaricia la cara, deteniendo la derecha en mi cuello e introduciendo un par de dedos de su mano izquierda en mi boca, conociendo mi fijación oral.

Con esas manos que tanto me gustan me desnuda suavemente, palpando cada pedazo de mi piel; mis pechos, mi vientre, mi cuelo, mis muslos, mi culo, mis piernas. El, en cambio, permanece vestido, tomando las rindas del juego, tal y como me gusta, haciéndome suya mientras me acaricia y eriza mi piel.

Entonces comienza lo que más me gusta, cuando lo siento desnudarse y las prendas caer a nuestro alrededor. Porque sé que, mientras estoy acostada boca arriba, una erección se clavará en mi garganta —como en verdad sucede— y su lengua lamerá mis dos orificios, golosa, dispuesta a humedecerme, de su saliva y de mis propios jugos mientras yo disfruto de su carne tiesa —que a veces, sin mentir, me gustaría morder y tragar—, que luego de haber introducido en mi garganta, se da la vuelta e introduce en mi coño, húmedo y listo, tomándome por el cuello para penetrar hasta que ambos sentimos que no podemos separarnos, que los jugos de nuestros cuerpos —al igual que nuestras carnes— se han unido para no separarse nunca más, permaneciendo siempre en un clímax infinito.

 en verdad fue infinito, puesto que desde ese momento, no dejo de sentirlo dentro, incluso cuando juego con mis inocentes juguetes y simulo que tengo otro amante —pero de plástico— me sigo sintiendo como si su carne permaneciera dentro de mí.

 

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