Polvo con condones retardantes

Posted By: MARC VILLANUEVA In: Relatos On: miércoles, enero 15, 2020 Comment: 0 Hit: 106

Conocí a aquella chica hace algún tiempo. Desde la primera vez que la vi, me pareció que era un ser de otro planeta. De esas personas que solo tienes la oportunidad de conocer una vez en la vida. Cabellos rojos como el fuego, ojos grises, contextura atlética y un aro en la nariz. 

Conocí a aquella chica hace algún tiempo. Desde la primera vez que la vi, me pareció que era un ser de otro planeta. De esas personas que solo tienes la oportunidad de conocer una vez en la vida. Cabellos rojos como el fuego, ojos grises, contextura atlética y un aro en la nariz. Aquel día, ella llevaba unos shorts muy cortos, que dejaban ver un tatuaje que tenía en el muslo derecho, muy cerca de la entrepierna. Éramos jóvenes y, como es de esperarse, su imagen no hizo más que atormentarme durante los días siguientes.

Me imagino que para ella fue la gran cosa. Pero no pude evitar dedicarle varias pajas pensando en cómo se sentiría besar aquel tatuaje, recorriendo las líneas hasta llegar a la entrepierna y luego permanecer ahí, consumiendo su sexo con gusto.

Pasó el tiempo y como no volví a verla, la olvidé. Algunos años después, por estas casualidades curiosas que tiene la vida, nos volvimos a encontrar. Ya no tenía el aro en la nariz, llevaba un maquillaje más bien discreto, su cabello rojo como el fuego estaba recogido en un elegante mucho, y su indumentaria iba acorde con el lugar, una oficina. La larga falda ajustada a su cuerpo no me dejaba mirar su tatuaje pero, en cambio, me permitía apreciar la forma redonda y firme de su culo.

La habían contratado para reemplazar a mi anterior compañero. Cuando me vio, se le iluminó la cara. No recordaba mi nombre pero, tal y como me dijo, era un alivio ver una cara conocida entre ese mar de personas con el ceño fruncido. Y no es para menos, las oficinas siempre son lugares intimidantes.

La segunda vez que nos encontramos, no fue como la primera. Ya que trabajar codo a codo nos hizo más cercanos, lo suficiente como para hacernos amigos. Fuimos a tomarnos unas birras un par de veces. La tensión entre ambos era palpable. La conexión emocional entre nosotros no era tan grande, pero existía un deseo latente, la necesidad de probar, saber que tan bien nuestros cuerpos podrían adaptarse. Si lo hacían bien, era beneficioso para los dos, porque en ese mar de ceños fruncidos, tener un follamigo sería una bendición. Pero si todo salía mal, sería un poco incómodo.

Mi preocupación creció cuando, un día cualquiera, en vez de invitarme a unas birras en el bar que frecuentábamos, me invitó a su piso. Mismo plan, solo que con Netflix. Y ya todos sabemos lo que eso significa.

Por eso me preparé debidamente y en una Sex Shop Online me hice con unos preservativos retardantes que serían mi mejor arma.

Estando en la su sala, mirando The Irishman, aburridos luego de llevar tanto tiempo mirando la película y un poco borrachos, comenzamos a besarnos. Tomé el papel de dominante, consumiendo su cuerpo con besos, ella se dejó. Quitarle los pantalones y encontrarme con ese tatuaje del ave (una golondrina, según me diría ella después) me sumergió en un terrible frenesí. Y como tantas veces deseé hacer muchos años atrás, recorrí ese tatuaje hasta llegar a la entrepierna.

Conforme mi lengua y mis labios se daban festín en su sexo, ella se iba abriendo como una flor, dispuesta a recibirme. Humedeciéndose y dejándome probar aquel néctar tan delicioso. Le erección en mis pantalones parecía a punto de estallar. Me desnudé, cuidándome de sacar uno delos preservativos, ella ya estaba desnuda por completo. Me lo coloqué y entré en el milagro, ese coño, limpio e impoluto, siendo mancillado por mí.

«Fóllame como un animal…» me exigió mordiéndome la oreja.

Puedo dar fe de que en aquel sofá, dejé todo lo que podía dale. Mi alma y mi carne, mi mente y mi sexo. Le di y le di y le di hasta que me gritaba que ya no podía más y luego, al sentirme correrme, me quité el preservativo y, como una chica obediente, me recibió con la boca abierta.

Ciertamente es una bendición encontrarse con una persona así en el mar de gente. Y pensaba aprovechar al máximo ese coño húmedo y dispuesto, como ella pensaba aprovecharme al máximo.

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